Crónica testimonial desde Celaya, Gto.
Cuando comencé a trabajar como reportero en Celaya, muchos vecinos me advirtieron que tarde o temprano alguien me hablaría de la casa marcada con el número 903 de la calle Francisco Juárez.
Nunca faltaba quien, en voz baja, añadiera:
—Ahí no entran ni los perros, joven. Y si entran… ya no salen iguales.
En este oficio uno aprende a distinguir entre cuentos para espantar y relatos que llevan algo más oscuro detrás. Y en esta ciudad, todos —absolutamente todos— contaban la misma historia con idéntica gravedad: en aquella casa una niña había sido asesinada, de un modo tan atroz que ni la propia calle se atrevía a olvidarlo.
Pero lo que me inquietó no fue el crimen del pasado…
Sino lo que seguía pasando.
I. La familia que nunca volvió a dormir
Los archivos municipales conservaban recortes viejos: fotografías pálidas, testimonios rotos.
Una pareja joven, dos hijos varones y una niña de ocho años.
Una familia común, de las que decoran la ventana con papel picado en septiembre y sacan sillas a la banqueta en las noches de calor.
Hasta que un día —nadie quiso detallar jamás la escena completa— la niña fue encontrada sin vida dentro de su propio cuarto, la puerta cerrada por dentro, las luces apagadas, y el reloj de la sala detenido a las 3:11 a.m.
La familia abandonó la casa pocos meses después. Nunca regresaron por sus muebles.
Ni por la cuna arrinconada.
Ni por los juguetes que quedaron esparcidos, como si esperaran que la niña bajara por ellos.
II. Los nuevos habitantes
Décadas más tarde, la casa seguía vacía.
Hasta que, en 2021, una pareja decidió comprarla. La crisis inmobiliaria los había obligado a buscar opciones económicas; y aquella propiedad, extrañamente accesible, les pareció una oportunidad.
Yo los entrevisté días antes de mudarse. Ella estaba emocionada; él, orgulloso.
Un mes después me llamó el esposo. No para presumirme su hogar renovado, sino con una voz quebrada, sin respiración.
—Tiene que venir… por favor. No somos los únicos aquí.
Cuando llegué, encontré la fachada igual de siempre: paredes color vino deslavado, ventanas altas, ladrillos desgastados.
El 903 parecía mirarme.
La pareja me recibió adentro.
Las paredes estaban frías.
Demasiado frías.
—La escuchamos jugar, dijo la mujer, los ojos hundidos.
—¿A quién?
—A la niña.
—No tenemos hijos, añadió él, temblando.
Y entonces la oí.
Una risita.
Leve.
Lejana.
Como un pequeño soplido entre las paredes, justo detrás de mí.
III. La habitación cerrada
La pareja me condujo al cuarto donde ocurría todo.
Era el único que no habían logrado abrir desde que se mudaron.
La llave giraba, pero el picaporte se sentía duro, como si algo desde dentro lo sostuviera.
—Anoche se abrió sola, dijo ella, solo por unos segundos.
—¿Qué vieron? —pregunté.
Él respondió:
—Una niña sentada en el piso. Pero no volteó. Solo jugaba con una muñeca sin cabeza.
Volvimos a intentar abrir la puerta. Esta vez cedió con un chasquido seco.
Adentro, el aire estaba cargado de polvo… y de algo más.
El cuarto era pequeño, húmedo, con papel tapiz infantil a medio desprender. En el piso había marcas circulares, como si alguien hubiera girado sobre sus pies cientos de veces.
Y, al fondo…
Una pequeña silla mecedora.
Moviéndose.
Despacito.
Despacito.
Sin nadie encima.
Ahí escuchamos la voz.
Una voz que no debería existir.
—¿Quieres jugar conmigo…?
La pareja salió corriendo. Yo no pude moverme. No sé si fue miedo, o algo más.
La silla seguía meciéndose.
Y sobre la pared, con trozos de carbón o quizá uñas, alguien había escrito:
“NO ME DEJES SOLA OTRA VEZ”
IV. La última noche
A la mañana siguiente, la pareja había dejado Celaya.
Me dejaron una nota: Gracias por creer. No regresaremos a esa casa jamás.
Pero la historia no terminó ahí.
Porque desde el día que entré al 903, todas las noches —siempre a las 3:11 a.m.— escucho un golpe suave en mi ventana.
Un golpecito rítmico, como si unos nudillos pequeños llamaran con paciencia.
Anoche, reuní el valor para mirar.
Y la vi.
Una niña, con el cabello pegado al rostro, los pies descalzos…
y una muñeca sin cabeza en la mano.
—Ya sabes dónde vivo, me dijo sin mover los labios.
—Ven a jugar conmigo.
Creo que no quiere que la casa esté vacía.
Y creo que esta noche no vendrá a tocar la ventana.
Creo que esta noche entrará.
Este relato tambien esta narrado en video
Si prefieres escuchar esta historia narrada, o conocer detalles adicionales del caso, puedes encontrarla también en video.
@senderodenox LA ÚLTIMA RISA DE LA CASA 903 Dicen que en la casa 903 de Francisco Juárez, en Celaya, la risa de una niña asesinada sigue escuchándose cada madrugada. Nadie que entra sale igual… y algunos ya no salen. ¿Te atreverías a abrir la puerta? 👁️🏚️ #TerrorMexicano #LeyendasDeMéxico #CelayaGuanajuato #CasaMaldita #RelatosDeTerror #HistoriaReal #Paranormal #CreepTok #Miedo #NiñaFantasma #BrujeríaMexicana #CasasEmbrujadas #HorroresDeMéxico #TikTokMiedo
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